Bautismo en aguas de sospecha

 


Me bautizaron en aguas de sospecha, 

con una cruz de plata hundida en el escote 

y los dedos manchados de tinta y de pecado. 

Monaguilla de un templo sin domingos, 

rezando oraciones que no figuraban en el misal.


Con las rodillas raspadas por el asfalto 

y el reclinatorio, mi confesión era tardía. 

Jesús buscaba en mis ojos el perdón, 

yo encontraba en los suyos el abismo.


Llevaba el rosario enredado en las muñecas, 

como grilletes de nácar que yo misma elegía 

y, mientras el mundo esperaba una corderita, 

ya estaba aprendiendo a afilar los colmillos 

bajo la apariencia de una piedad de encaje.


Solo soy una reliquia que nunca fue virgen. 

Él quiere ser mi dios, mi juez, mi castigo, 

sin saber que yo ya fui el pecado original 

mucho antes de que él supiera persignarse.


Mi cuerpo es una biblia que él sabrá leer, 

cada una de mis marcas es un mandamiento 

que él romperá con la devoción y las lágrimas 

del que se sabe condenado.

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