El agua cae sobre su frente pequeña,
les da un lugar en el cielo,
un nombre, una vela encendida, un duelo,
la presencia formal ante lo eterno.
Pero antes de ser hijos de Dios
fueron nuestros.
Incluso allá en Nazaret, entre luz y polvo,
ella no era la Virgen para el pequeño Jesús.
Él no buscaba a la Reina, ni al Ícono,
buscaba el nombre que hace sagrado lo finito.
Para el Salvador, ella no era María,
porque el vínculo llega antes que la teología:
se aprende a decir mamá
antes de saber quien nos cría.
Qué pequeña se queda la religión
frente a un bebé que tiene sueño.
El rito es de agua fría,
pero el calor de nuestro pecho
es el único lugar donde lo eterno
de convierte en su casa.
Mis gemelas, destino y réplica,
dos verdades que vienen a devorar el mundo.
No quiero que pidan perdón por ocupar espacio,
ni que su género sea una disculpa entre dientes.
Que se coman la vida como a un fruto robado,
sin permiso, sin tregua, sin miedo.
Las bautizo en la fe, pero las entrego a su instinto,
que el mundo tiemble cuando caminen,
porque antes de aprender su propio nombre,
aprendieron que yo soy su casa,
una casa hecha de madre
es el único altar que no puede romperse.
El cura pronuncia nombres
que no les pertenece,
un protocolo de agua
sobre frentes nuevas,
para que un Dios
les dé el visto bueno.
Las inscribo en el rito, sí,
pero no para que sean mansas,
sino para que tengan suelo
desde donde saltar.


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