Yo conocí el abismo antes que el alfabeto,
cuando mis piernas eran juncos blancos
y mi boca, un tajo de fruta prematura
que ya sabía a secreto y veneno.
Llevaba cintas de seda en el cabello
para amarrar los monstruos que invocaba
y en mis ojos, dos lagunas de mercurio
donde los hombres se ahogaban sin saberlo.
Fui la niña de porcelana agrietada,
leía en las sombras de los cuartos
descubriendo que el poder no era la fuerza,
sino el silencio que precede a la caída.
Jugaba a las muñecas con el destino ajeno,
mientras el sol de la tarde marcaba mi espalda,
con la misma impunidad hoy escribo
mi propia condena en papel morado.
Fui Lolita antes de ser mujer,
fui el incendio antes de ser ceniza
y esa niña, con mirada de hiel y miel,
es la que hoy sostiene la pluma
mientras los hombres creen que me dominan.
No era fragilidad, era el mapa de un incendio
que todavía quema bajo mi piel de seda.


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