Hay noches que se niegan a ser pasado,
que se quedan a vivir en la textura de la ropa
o en la memoria eléctrica de su falta.
Como si el tiempo fuera un círculo ciego
que siempre nos devuelve al mismo fotograma.
Un torso desnudo, un amuleto al cuello
y esa extraña geografía de lo que no se toca.
Es el regreso de un fantasma que no asusta,
sino que late bajo el ritmo de una música extraña,
mientras la luz vuelve, justa, para delatar el pulso.
Nos reconocemos en el espejo de lo idéntico:
la misma armadura, el mismo desapego fingido
y en ese minuto de soledad donde las palabras
son ruido blanco para ocultar el hambre.
Una risa que rompe el hielo
de los días muertos,
un nombre que cae como
una sentencia de agua.
No es coincidencia, es un rastro.
Hay abrazos que no terminan de soltarse,
se quedan ahí, suspendidos en el aire,
esperando que el cuerpo vuelva
a vestirse del recuerdo,
o que la falta de tela, finalmente,
cuente la verdad que la mirada calla.


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